Sangre, sudor y semifinales

Angel Martinez

El Atleti sigue adelante en un partido lépico en el que se levantó de los goles de Lamine y Ferran a los 23 minutos. Lookman tapó los errores de Lenglet.

La grandeza del hombre consiste en que carga con su destino, que escribió Milán Kundera. Y si algo tiene el Atleti es que ha hecho del corazón su ser, aunque cuando acabase el partido estuviese a 300 pulsaciones de los nervios. Había sido un ejercicio de resistencia de este equipo que tiene dos verbos, sufrir y levantarse, y esta noche a ambos se agarró para volver a dejar al Barça en la lona de unos cuartos de Champions y seguir adelante, hacia las semifinales. Pero es que en este partido había un hombre con las fibras del traje cosidas en épica. Es negro Simeone. El entrenador de esa frase, nunca dejes de creer, que define a un equipo, un escudo, una afición y esta forma de vida. La rojiblanca. Aunque costara sangre y sudor, está en semifinales.

El Atlético con Musso aunque estuviera Oblak en el banco. Y esa ruleta rusa por delante: Le Normand y Lenglet, que pronto demostraron por qué no suelen jugar. Pero no había otra: el resto de defensas del Cholo eran todo chavales. Flick sobre ese césped de 26 milímetros con Gerard Martín haciendo de Cubarsí, Gavi junto a Pedri en el doble pivote y Ferran en la punta. Aunque el primero en disparar fue Lamine. No había llegado el reloj aún al minuto y el Barça ya había tenido la primera ocasión para tratar de darle un mordisco a la ventaja de dos goles del Atlético en la ida. Apareció entre líneas sorteando dos rivales para lanzar un tiro raso lleno de malicia que, en su viaje a portería, se topó con el guante de Musso. Paradón. La siguiente que asomara por su área ya no terminaría igual.

Porque una amarilla después del esguince de Hancko en el Camp Nou condicionó esta vuelta, la de Pubill, apercibido entonces, ausente ayer, lo que abría la puerta a Lenglet. A los cuatro minutos ya era disparo en el pie. Ese error fue un bofetón a todos los planes del Cholo. En campo propio, se giró para entregársela a Musso sin observar que Lamine estaba a su lado. Un Lamine que golpeó ese balón que iba en papel celofán hacia Ferran, que se la devolvió para dejarle solo ante Musso, a quien le coló el balón entre las piernas. 0-1. El Barça ya había dado su primer mordisco a la vuelta. Fácil alrededor de Lamine, protagonista de cada pase, cada regate, abriendo en canal esta vuelta de cuartos nada más amanecer el partido. Por cierto, menos mal que lo mejor de Lenglet era que sabía tocar el balón…

El Barça ya era dueño del campo, del cuero y del aire, dueño de todo. El Barça todo vigoroso ante un rival empequeñecido, que incapaz ni de oler su juego interior. Porque el Atleti ya no estaba en el partido. El miedo entumecía sus músculos y cada decisión. Griezmann estaba torpe, errando que nunca falla, Julián no estaba. Arriba solo asomaba Lookman. Un Lookman que estaba muy solo en un equipo con ese roto detrás. Porque ahí seguía ese Lenglet que parecía que haber salido al partido como si siguiera siendo futbolista del Barça. Lenglet de Troya. Un Lenglet que se reeditó a sí mismo: Olmo le filtró un pase a Ferran, que le ganó la posición ridículamente fácil al francés, para soltar un zurdazo cruzado a la red por la escuadra. Minuto 23 y el Barça ya había empatado la eliminatoria.

Un minuto después Musso evitaba el 0-3 después de que Lamine asistiera con el exterior a un Fermín que, al ir a rematar en plancha, se cortó primero con la bota del arquero, que había vuelto a parar soberbio, y, después, se estampó en la hierba. La sangre a borbotones de su labio detuvo el partido. Cuando regresó, Lookman se plantaba ante Joan García por segunda vez. Si en la primera, hacía un rato, había tratado de asistir a Grizi con un centro raso para una ocasión que cortó Gerard Martín, ahora iba solo. La pelota se la había puesto en los pies Llorente, con un pase desde la derecha desde la moto. El Metropolitano recuperó la voz con el derechazo de Ademola. 1-2. Simeone pedía calma mientras intercambiaba las posiciones de Koke y Llorente en el medio. Porque volvían a tener ventaja pero todo seguía bajo el mismo guion. Pedri la tocaba y se giraba, sin ninguna oposición. Y Ferran. Y Olmo. Y qué escribir de Lamine. El mejor del Atleti era el que iba de amarillo. Ese Musso que veía como Ferran lanzaba alto el libre directo con el que finalizaba una primera parte de pulsaciones altísimas.

Del reposo, el partido regresó con un bigote de esparadrapo en el rostro de Fermín y en el mismo lugar: los pies del Barça. Corrían casi solos, sin que los rojiblancos presionaran o encimaran demasiado. Un Barça que amasaba. El Atleti, ovillado en el área de Musso, se afilaba al robar. Lo hizo Grizi para la carrera de Julián contra todos en una carrera que terminó con Lookman que pateó fuera. La contestación del Barça fue encimar más. Musso detuvo un tiro a bocajarro de Ferran que, al minuto, estaba de nuevo ahí. El remate de Gavi lo paraba Lenglet que tan distinta sería la parte que el que antes condenaba ahora salvaría: el chut de Ferran sería en fuera de juego.La prórroga que sobrevoló el minuto de VAR se esfumó. El marcador volvía al 1-2. Entonces Simeone cambió la alas, sumó piernas y tiñó los minutos que vendrían de rojiblanco. Con la entrada de Baena y Nico, el Atleti recordó presionar arriba pero una vez Julián no encontró rematador y ni Llorente ni Le Normand tuvieron tino. El refresco de Flick eran Lewy y Rashford mientras la sangre recorría ahora el rostro de Ruggeri tras un codazo de Gavi. La entrada de Sorloth lo que provocó fue que, en la primera carrera hacia Joan García, Eric, hasta el momento perfecto, lo derribara en la media luna. Era el último hombre y no estaba en fuera de juego, avisaba el VAR. Turpin sacaba la roja. El portero que ahora salía en todas las fotos era el de naranja, Joan García, que paraba todo. La última intervención de Flick gritaba su desesperación: Roony y Araújo para que no se moviera del área. Los ocho minutos de añadido fueron balones colgados mientras el Atleti resistía con dos superhombres, ese Llorente al que hay que ir pidiendo talla para la estatua y un enorme Ruggeri con la cabeza vendada de azul. El Metropolitano alzaba sus banderas tratando también de empujar, acelerar el tiempo, que llegara ya el final, en este partido ya por siempre prendido a su historia. Ese final que llegó en el 98′. La grada había perdido años, había sumado arrugas pero lo había logrado: la semifinal. Y que siga sonando alto en Europa el Thunderstack.

Nota tomada de: Diario AS