El mármol lo recuerda. Allí, en Palacio Nacional, a 153 años de su muerte, Benito Juárez volvió a pisar los salones donde trabajó hasta su último aliento. Sin voz, sin gesto, pero con el peso intacto de su legado. Un país que aún le debe demasiado.
La ceremonia fue sobria, como él. No hubo fuegos artificiales ni retórica excesiva. Solo la bandera, los honores militares, los discursos calculados. Se habló de leyes, de soberanía, de dignidad nacional. Palabras grandes, usadas en un país que muchas veces las olvida por semanas enteras.
Benito Juárez murió un 18 de julio de 1872, tras una jornada de trabajo, víctima de una angina de pecho. Pero su acta de defunción no le quita vigencia. Su nombre sigue siendo incómodo. Su figura, indomable. Porque Juárez, el niño zapoteca que no hablaba español, fue presidente sin pedir permiso a las élites. Gobernó con un código de principios antes que con un manual de operaciones.
El gobierno federal encabezó el acto conmemorativo. Desde la tribuna, se recordó su marcha al norte, la defensa de la Constitución de 1857, el archivo general que cargó por caminos de tierra como si fuera la memoria misma de la República. Se evocó su guerra contra el imperio de Maximiliano, su errancia sin palacio, su autoridad sin capital, su respeto por la legalidad incluso en la derrota.
Pero Juárez no es solo historia. Es frontera. Divide al país entre quienes lo pronuncian con convicción, y quienes lo repiten por compromiso. Lo que no se dijo, pero estaba en el aire, es que evocar a Juárez es mirarse al espejo.
La historiadora encargada de la remembranza lo dijo con claridad: Juárez representa la dignidad republicana y el respeto al pueblo. Dos conceptos que hoy se usan más como eslogan que como conducta. Y eso, en sí mismo, es luto.
No hay aniversario juarista que no sea, al mismo tiempo, un juicio al presente. Su legado es una vara incómoda: quien gobierna, se mide contra ella, y rara vez alcanza. Porque Juárez no robó. No traicionó. No pidió favores. Y eso, en la política mexicana, lo convierte casi en un extraterrestre.
El minuto de silencio sonó más fuerte que cualquier discurso. Fue un corte de luz, una interrupción, un recordatorio: este país ha tenido hombres justos. Uno, al menos. Y eso obliga.
Hoy, los funcionarios montaron una guardia de honor. Se cantó el himno. Se repitieron frases de bronce. Y luego se marcharon. Pero Juárez quedó ahí, como siempre. En la piedra, en el archivo, en la sospecha de que todavía no lo hemos entendido del todo.
Quien quiera gobernar este país, debería empezar por una caminata silenciosa por ese salón. Y preguntarse si estaría a la altura de su sombra.
Nota tomada de: Oaxaca mx

